domingo, 6 de diciembre de 2009
Renace en Chile las antiguas aspiraciones de conquista
En aquel mismo año de 1872, que al parecer fue la época en la cual las antiguas aspiraciones de Chile, revistiendo las formas más simples y determinadas, se hicieron aun más ardientes y mas activas, los hombres de Gobierno de Chile se esforzaron mas que nunca en todos los sentidos, para hacer aceptar sus proyectos por los hombres políticos de Bolivia de todos los partidos; es decir, tanto de la fracción dominante que tenía en sus manos las riendas del Estado, como de la adversaria, cuyos jefes, como de costumbre, estaban organizando en Chile una de las tantas revoluciones que ensangrentaron el suelo de Bolivia: - la misma precisamente capitaneada por el General Que vedo de que nos hemos ocupado ya.
No pudiendo saber anticipadamente quien sería el victorioso en la lucha que estaba para empeñar en Bolivia la revolución que con la ayuda de Chile preparaba en Valparaíso el General Quevedo, los políticos chilenos creyeron oportuno atraer separadamente a sus ideas, al Representante oficial del Gobierno boliviano y al Jefe de la revolución. Todo esto se hacía, tanto para salir ganando siempre, si era posible, sea con el Gobierno sea con la revolución; cuanto para poder determinar la medida de las simpatías que era necesario acordar a cada uno de los dos. Este hecho es tan grave, como medida de moralidad política, que nosotros, en modo alguno partidarios del sistema de la doblez, no nos hubiéramos creído autorizados a mencionarlo en estas páginas, si además de las afirmaciones recogidas sobre el terreno de individuos tan estimables como bien informados, no tuviésemos entre la manos las pruebas escritas en documentos oficiales, que nuestros lectores encontraran como comprobante al fin de este párrafo.
Los hombres políticos de Bolivia, de todos los partidos, los mismos que invocaban la ayuda de Chile para organizar sus guerras intestinas, no se prestaron jamás a dividir y secundar los secretos manejos chilenos. Fieles a los pactos internacionales, en medio de todas sus discordias interiores, procuraron siempre conservar su propiedad sin desear la del prójimo. Esto sin embargo no sirvió en modo alguno de ejemplo a los políticos chilenos, ni pudo jamás hacerles desistir de su insidiosa propaganda contra el Perú: ellos que para colocar su propio país por encima de sus vecinos en la estima del mundo, hacen continuo y estrepitoso alarde de su paz interior, como antítesis de las guerras civiles que son la ruina de los otros - paz interior que, como hemos visto, no es un mérito propio, sino el resultado de una situación poco envidiable-no dejaron jamás de procurar corromper la moralidad internacional de la tan vilipendiada Bolivia; y las antiguas sugestiones encaminadas a armar a ésta contra el Perú, hicieron todavía oír su insidiosa voz cuando se escuchaba ya el rauco estampido del cañón de la conquista.
El proyecto de una alianza chileno-boliviana, que debía producir a Bolivia, no solamente la provincia de Tacna, sino todo el departamento peruano de Moquegua, con los puertos de Arica e Yslay, era casi oficialmente propuesto al Presidente de Bolivia, general Hilarión Daza, por el ex Cónsul de Chile en Bolivia, en cartas confidenciales de los días 8 y 11 de Abril de 1879.
Dichas cartas, que nuestros lectores encontraran como comprobante al fin del párrafo, entraron inmediatamente bajo el dominio público; y el Presidente de Bolivia, para alejar todas las sospechas que pudieran surgir sobre su lealtad, hacía pasar una copia de ellas al Gobierno del Perú, por medio de la Legación boliviana. Y aquí hay que advertir: primero, que el ex- Cónsul chileno Justiniano Sotomayor, autor de esta cartas, es pariente cercano de Otros dos Sotomayor que figuraban, uno principalmente, entre los directores de la política de Chile; segundo, que en tales epístolas (como hacía observar el Plenipotenciario boliviano al remitir copia de ellas al Gabinete de Lima), a la par que se ofrecía a Bolivia una parte del territorio peruano, se dejaba fuera, y casi implícitamente, para Chile, como dijimos mas arriba el rico desierto peruano de Tarapacá, situado entre el ofrecido departamento de Moquegua y el desierto boliviano de Atacama que Chile hada suyo; tercero, que dicha propuesta, reproducida en Abril de 1879, cuando el Perú había sido ya arrastrado a la guerra por la sola razón o pretexto de ser aliado de Bolivia, encerraba para esta última, en el caso que bajo la fascinación de la fuerte recompensa que se le prometía, la hubiese aceptado, no ya una combinación política de mas o menos mala fe, sino la mas inicua quizás de las traiciones que registra la historia universal.
No se asusten de esto los lectores, porque de semejantes manejos oiremos todavía hablar mas tarde, sobre los campos mismos de batalla, cuando una culpable retirada del Presidente de Bolivia, General Daza, con el ejercito que tenia a sus órdenes, abandonaba fácilmente a Chile la victoria en la primera batalla de Dolores, o de San Francisco, que decidió del éxito de la guerra.
Las palabras varias veces citadas, que el Presidente de Chile lanzaba a quema ropa en su cara al Plenipotenciario peruano, de que habría podido hacer la paz con Bolivia con detrimento del Perú, si hubiese querido, no eran de consiguiente, mas que la fiel expresión del principal objetivo de la política chilena; debiéndose suprimir únicamente el si hubiese querido, puesto que no fue el QUERER lo que le hizo falta nunca, sino el PODER, por no haber consentido Bolivia.
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ojo con Moquegua, hay que cuidarla.. es una mina de oro para intereses extranjeros.. vean
ResponderEliminarhttp://www.bnamericas.com/news/mineria/Minera_Aruntani_incrementara_produccion_en_Tucari