domingo, 6 de diciembre de 2009
La conquista fue la única salida
Mientras los ricos desiertos de Atacama y Tarapacá se presentaban a los ojos de los estadistas y hombres públicos de Chile como la única salvación, tanto para las exhaustas arcas del Tesoro, como para la economía general del país; el roto se deliciaba de antemano con la perspectiva del rico botín que podría recoger en una afortunada correría por la tierra prometida, por los codiciados territorios del Perú; de aquel Perú que todavía no había perdido para él su antiguo renombre de opulento, y que entre las mil privaciones de sus propia miseria había mirado siempre con los ojos de la avidez y de la envidia. Apenas se esparciera el rumor de una probable guerra, el roto de hoy, y el roto de ayer (el pequeño empleado y el pobretón de la naciente clase media) no vieron mas que el Perú en sus ensueños, y llegaban a delirar de alegría al solo nombre de Lima y Chorrillos.
Lima, la antigua capital de los Virreyes, cuyas casas señoriles se suponían repletas de vajillas de oro y plata, como en la época colonial; Chorrillos, con sus fastuosas quintas de recreo de los ricos de la Capital, donde además de los magníficos ajuares, la fama colocaba en cada Rancho o habitación, interminables bodegas rebosando de los mas exquisitos vinos de Europa, inflamaron en un momento todas las imaginaciones; y en todo Chile no se oía mas que una voz, al principio baja y ahogada, durante Febrero y Marzo de 1879, y luego estridente y atronadora, después de la declaración de guerra. Esta voz era: A Lima a
Chorrillos!
No eran solamente el roto y la parte mas pobre de la clase media que proferían estas voces. Otros había también que para impulsarlos cada vez más sobre este camino, le hacían coro; y éstos pertenecían a todas las clases sociales. La prensa periódica de todas clases y de todos los partidos, comenzando por la de los clérigos que era la más furibunda, no hablaba mas que de este particular. Los nombres de Lima y Chorrillos fueron siempre objeto de odio para casi todo chileno. Es por demás sabido que la envidia y la emulación son dos pasiones que se ejercen casi exclusivamente contra sus más próximos, sea en la distancia, sea en los vínculos de las relaciones naturales y sociales. El miserable que se inclina y arrastra respetuosamente ante el fausto opulento que no conoce, o únicamente de nombre, arde de envidia viendo el modesto bienestar de su vecino: consideraría menor su desgracia y hasta feliz se creería, si le fuese dable ver al odiado vecino, que jamás le ofendiera, tan miserable y aun mas que él mismo: comienza a odiarlo poco a poco y a desearle todo el mal posible, y todos sus esfuerzos tienden a hacérselo. La mujer que va en éxtasis, al oír la felicidad que su bondad, belleza y opulencia procuran a las lejanas hijas de Eva que nunca conoció, se enfurece hasta el delirio cuando llega a saber que estas mismas cualidades embellecen y adornan una parienta, una vecina, una amiga: comienza a odiarla desde aquel momento, y daría todo cuanto posee por ver destruida su felicidad. Afortunadamente de esta clase de individuos, de ambos sexos, el mundo no está lleno.
He aquí precisamente lo que pasaba en Chile, respecto de la República vecina y hermana del Perú, desde la época de su común independencia. La antigua opulencia del Perú, aumentada gradualmente, primero con el guano y luego con el salitre, era el dardo que secretamente hería a la generalidad de los chilenos. Chorrillos, mansión de delicias por excelencia de la alta sociedad de Lima durante la estación de baños, era la dolorosa pesadilla de la generalidad de las mujeres chilenas. Como a cada momento tenia ocasión de oírlo, ora mas o menos veladamente a los numerosos extranjeros que visitaban los diversos países de la América meridional, ora sin velo alguno a los mismos chilenos, "la mujer chilena conocía perfectamente que era menos buena, menos bella y menos graciosa que la Limeña; y envidiosa de sus femeniles triunfos, su único y ardiente deseo era ver destruido aquel Chorrillos, donde la odiada Limeña reinaba durante cuatro meses del año en todo el esplendor de su bondad, de su belleza y de su gracia.
Y he aquí porque todos de acuerdo, hombres y mujeres, repetían constantemente a los oídos del roto: ¡A Lima, a Chorrillos…. a Lima, a Chorrillos! a fin de que el roto, atraído cada vez mas por la doble ilusión del botín de Lima y de la orgía de Chorrillos, superase intrépidamente todos los obstáculos que encontrara a su paso, y llegase victorioso a aquella Lima y a aquel Chorrillos que debía destruir hasta sus cimientos, después de haber profanado los dorados salones con las asquerosas escenas de sus orgías araucanas (1).
He aquí puestas en claro las muchas causas por las cuales se comprende y explica, como aun sin motivo aparente, la guerra contra el Perú era para Chile una guerra eminentemente nacional por todos deseada y querida, y empujada por todos con un ardor y un odio que no se han desmentido un solo instante, hasta los últimos excesos.
La guerra contra el Perú era para Chile una cuestión compleja de necesidades económicas, de ambición y de celosa envidia: una guerra de pasiones, en una palabra, y de las más fuertes v violentas.
(i) Chorrillos ya no existe, y Lima fue salvada a duras penas por la influencia de una fuerza mayor, a despecho de la soldadesca chilena, como diremos en su lugar.
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