domingo, 6 de diciembre de 2009
Porque Chile quiso a todo a todo trance la guerra contra el Perú
Como hemos visto en el capítulo anterior, mientras el Perú hacía todo género de esfuerzos para obtener un arreglo entre Chile y Bolivia, y evitar una guerra en la cual tarde o temprano se hubiera visto obligado a tomar parte, Chile se asía de cuantos pretextos le venían a la mano para empujarlo a la lucha. ¿Porque?
Si Chile tenia sus razones para temer que el Perú, frustradas sus tentativas de conciliación, se pusiese enfrente de él como aliado de Bolivia, ¿porque no esperó que se decidiera por si mismo a dar este paso?
Merced a la sorpresa del 14 de Febrero, Chile se encontraba ya en posesión del desierto de Atacama, que formaba el objeto de sus aspiraciones, sin disparar un solo cañonazo, y sin que el verdadero enemigo, Bolivia, se hubiera movido todavía para disputárselo: ¿ porque pues, precipitó de este modo los acontecimientos? ¿Porque se apresuró él mismo a reunir al natural y al posible defensor de su presa, para que se aceleraran a disputársela? Al invadir el desierto boliviano de Atacama, Chile estaba íntimamente convencido que si la usurpación o conquista de tan rico territorio debía costarle una guerra, una guerra real y verdadera, ésta no hubiera tenido jamás que sostenerla contra Bolivia solamente, sino con Bolivia y el Perú juntos.
Confinada detrás de la inmensa cordillera de los Andes, en la casi imposibilidad de bajar con un ejército sobre la costa del desierto a través su propio territorio, por la grandes dificultades topográficas que había que vencer, y por los enormes gastos que esto hubiera ocasionado; sin puertos propios, ni buenos ni malos, habiendo perdido los únicos que tenia en el desierto mismo; sin ni aun siquiera principio de escuadra, sin armamento, y falto de medios para proveerse de todo esto,-Bolivia, dejada sola contra Chile, o no se hubiera empeñado en una guerra, sino de palabras, recurriendo como en la primera usurpación chilena de 1842 a la vía diplomática; o hubiera opuesto a Chile, decidiéndose realmente a la lucha, una resistencia tan débil que habría hecho cierta y segura la victoria de este último, sin esfuerzo alguno. Este simulacro de guerra no hubiera tenido otro resultado, que el de asegurar definitivamente a Chile el dominio y propiedad del desierto, a falta de otro título, por el de indemnidad de guerra, que Bolivia no hubiera podido satisfacer de otra manera. Así es que Chile hubiera ganado la partida de todos modos, quedando dueño del codiciado desierto de Atacama a costa de sacrificios nulos o insignificantes; y este era precisamente el pensamiento del Gobierno y del país.
Para convencerse de la completa exactitud de cuanto dejamos dicho, basta hablar sobre este objeto con cualquier chileno bien informado, que no tenga la astucia o dignidad necesarias para ocultar ciertas verdades poco lisonjeras para su Nación. El escritor chileno semi-oficial, Barros-Arana, uno de los mejor informados y que conoce perfectamente las ideas de su Gobierno, después de hablar de la invasión del desierto de Atacama iniciada el 14 de Febrero, y ultimada en la segunda quincena de Marzo, dice: “ Los chilenos quedaron así dueños de todo el desierto de Atacama hasta la frontera del Perú. La guerra con Bolivia estaba terminada de hecho. Chile no pretendía expedicionar en el interior de ese país por el placer de hacer una campaña dificultosísima y sin resultado alguno práctico. Bolivia por su parte, a causa de la configuración singular de su territorio y de las dificultades invencibles que le oponían las montañas y los desiertos, no podía llevar sus tropas hasta el litoral. Esta situación habría durado quien sabe cuanto tiempo sin la acción del Perú (1).”
Si la conquista del desierto de Atacama, repetimos, podía y debía costarle una guerra, indudablemente hubiera debido Chile sostenerla contra el Perú y Bolivia juntos, o por mejor decir contra el Perú, no pudiendo considerarse Bolivia mas que como una simple fuerza auxiliar; puesto que falto de flota, de armamento, y de dinero, a todo lo cual hubiera tenido que suplir el Perú, no podía dar mas, como lo demostraron mas adelante los hechos, que un contingente mas o menos escaso de hombres, que el Perú debía necesariamente armar y mantener. Chile conocía perfectamente todo esto cuando invadía el desierto de Atacama; y conocía también que difícilmente habría podido evitar una guerra con el Perú: el cual, aun prescindiendo de su alianza con Bolivia, debía necesariamente ver en las tendencias de Chile, y en la violencia con que las ponía en práctica una amenaza gravísima contra si mismo.
(1) BARROS-ARANA, Historia de la Guerra del Pacifico, pág. 70.
Chile sabia que el Perú no se hallaba dispuesto para la guerra
A la guerra contra el Perú, Chile se encontraba de antemano preparado y decidido: en su consecuencia no la temía. Sin embargo, si hubiera podido evitarla, sin retirarse de Atacama, lo hubiera hecho con gran placer; y no ya porque le doliese tenerlo como enemigo, y medirse con él. Muy por el contrario: una guerra con el Perú que acabase con la derrota de éste, fue siempre el sueño dorado de Chile, desde la independencia; sueño que ha ido renaciendo y revistiendo siempre con colores y ropajes más brillantes en diversas épocas y ocasiones, desde el 1825 al 1879.
Perfectamente informado de la alianza Perú-boliviana y del natural y justificado interés que tenia el Perú en mantenerlo lejos de sus fronteras, Chile sabia sin embargo que el Gobierno del Perú no quería la guerra, para la cual no se hallaba en modo alguno preparado; y que solamente la habría aceptado como una dura necesidad, después de haber agotado todos los medios posibles para evitarla. Sabía también, como le fue dicho sin disfraz alguno al Plenipotenciario peruano por el mismo Presidente de Chile, que aquel era el momento más propicio para medirse con el Perú; el cual se encontraba excepcionalmente en las peores condiciones posibles, y en su consecuencia infinitamente débil, como jamás se había encontrado anteriormente, y como quizás no hubiera vuelto a encontrarse en el porvenir: es decir, con una mezquina flota, insuficiente para resistir a la suya, que jamás había sido tan floreciente; sin ejército, sin armamento, sin medios y sin crédito en Europa para procurárselos; y por último destrozado por las rivalidades de los partidos, por la guerra civil latente, pronta a estallar de un momento a otro; de modo que no le hubiera sido posible concentrar en una guerra todas las fuerzas vivas del país, ordinariamente tan superiores a las de Chile, moral y materialmente (1).
A pesar de esto, y por mas que se creyese preparado y seguro del éxito, una guerra con el Perú no dejaba de preocupar bastante a Chile. Preveía fácilmente que aun caminando las cosas a medida de su deseo, la guerra habría sido larga, difícil y costosa; y el estado de su hacienda no era suficientemente próspero para prometerle los fondos que hubiera necesitado. Muy por el contrario, el país arrastraba difícilmente una crisis económica, que comenzada años atrás había ido siempre en incremento; y las arcas del Tesoro se hallaban en verdadera penuria. Gozaba, es verdad, de algún crédito en el extranjero, por la puntualidad con que, en vista de sus proyectos de conquista, y a costa de inmensos sacrificios, pagara siempre los intereses de su deuda exterior; y quizás no le habría sido difícil, a costa de nuevos y mayores sacrificios, procurarse las sumas necesarias hasta un cierto punto. Sin embargo, era siempre una fuerte partida la que habría tenido que jugar (2).
(1) Escuchemos sobre el particular la voz del historiador chileno, y casi diríamos, del Gobierno chileno: “E1 Perú atravesaba en esos momentos por una situación poco favorable para embarcarse en aventuras de esa clase. Aparte de las dificultades financieras cada día más apremiantes, la paz interior, amenazada poco antes por el asesinato del ex-Presidente Pardo en las puertas del Senado, era tan poco sólida que el Gobierno creía no poder vivir sino bajo el régimen de las facultades extraordinarias y de la suspensión de la Constitución.”
BARROS-ARANA, Historia de la Guerra del Pacífico, pág. 71.
(2) Aunque el Perú no haya presentado mas que una débil resistencia, y que Chile se haya visto acompañado siempre por una suerte tal que a él mismo le ha sorprendido, han trascurrido ya dos años y la guerra dura todavía. A propósito de la larga duración de la guerra, que a pesar de tantas. victorias, se está convirtiendo en una verdadera gangrena para Chile, el periódico LA NACIÓN de Valparaíso, en un notable artículo del 7 de Marzo de 1881, encaminado a censurar el Gobierno chileno por no haber sabido llegar a un tratado de paz después de la rendición de Lima, dice: “ Nuestros caudillos se habían encontrado con la victoria sin saber como, y con la facilidad que la fortuna comunica a sus favorecidos, creyeron que después de la victoria Con la cual se habían encontrado por casualidad, debía presentarse también la paz a recibirlos con los brazos abiertos.”
El estado económico de Chile no era floreciente
Los hechos han venido a probar, que sin los grandes recursos que Chile supo procurarse con los ricos depósitos de guano y de salitre del Perú, de los cuales se apoderara a tiempo, difícilmente hubiera podido continuar la guerra hasta sus últimas fases, y mucho menos desplegar todo el lujo de ejércitos, armamentos, trasportes y facilitaciones de todo género, a los cuales debe en gran parte sus victorias. En el discurso leído al Congreso Nacional por el Presidente de Chile, el 1° de Junio de 1881, encontramos: “Se han obtenido valores considerables de la enajenación de los salitres de Tarapacá (del Perú), que el Gobierno hizo elaborar por su cuenta hasta el 2 de Octubre de 1880, procediendo primero por medio de realización en subasta pública, y entregándolos después a la consignación de una casa respetable, que ha correspondido a la confianza que se depositó en ella... La explotación del guano ha podido solo efectuarse en escala limitada, no habiendo excedido hasta hoy día la exportación de 4oooo toneladas.” Con todo esto, obligado desde el principio de la guerra a recurrir al curso forzoso del papel moneda, dicho papel sufrió desde el primer momento un agio, que era todavía del 60 por ciento en el 1° de Junio de 1881; es decir, cuando hacía ya cuatro meses y medio que las tropas chilenas ocupaban la capital del Perú, y que la guerra, siempre próspera para las armas de Chile, podía considerarse como terminada ya, al menos en el artículo gastos; manteniéndose en gran parte el ejército de operaciones con las contribuciones de guerra y las rentas aduaneras del Perú, como se dice en el discurso presidencial antes citado, en el cual se lee: “Con el avance de nuestras armas, se ha ido implantando el régimen aduanero en los territorios ocupados, a fin de que la guerra buscase en si misma su alimento.”
De dicho papel-moneda se encontraban todavía en circulación en 1° de Junio de 1881, como vemos en el mismo discurso del Presidente, mas de veinte y cinco millones de pesos fuertes; sin contar otros 15 o 18 millones mas en bonos del Tesoro, y sin contar tampoco, ni los varios millones puestos en circulación de moneda de plata de escaso valor (1), o alterada, ni las enormes sumas empleadas en la adquisición del armamento, y que gracias a su crédito en Inglaterra no ha satisfecho todavía (1° de Junio 1881) exceptuando tan solo pequeñas cantidades dadas a cuenta.
Para que nuestros lectores puedan formarse una idea exacta del estado económico de Chile, antes y después de la guerra, o sea hasta el 1° de Junio de 1881, en cuya época hacía cuatro o cinco meses ya que había terminado de hecho, recurriremos una vez mas a la voz oficial por excelencia del Presidente de Chile, quien en su mencionado discurso dice así: “Para apreciar con alguna exactitud la situación financiera de la República, considero oportuno manifestar que las entradas ordinarias del Estado han alcanzado en 1880 (es decir en el segundo año de la guerra) a la cantidad de 27,992,584 pesos. Es verdad que figuran en esta suma cerca de 2,500,000 pesos, recurso eventual proporcionado por la redención de censos. También figuran el producto de las ventas de salitres (del Perú) por una suma que excede de 4,ooo,ooo de pesos; pero este recurso comenzó a ser reemplazado desde Octubre por el derecho de exportación, que sin ser indudablemente inferior en sus rendimientos, ofrece la ventaja considerable de la facilidad de su percepción, sin los inconvenientes a que están expuestas las operaciones mercantiles. La sola renta aduanera superó en cerca de 4,ooo,ooo, a la del año de 1879 (del año en que comenzó la guerra) y esta progresión no se ha detenido en el año corriente, siendo digno de notarse que ella es debida a la extensión de los mercados, al aumento de la producción y al consiguiente desarrollo de los consumos.”(Consecuencias todas del buen éxito de la guerra desde su principio).
Deduciendo de estas así llamadas rentas ordinarias del año 1880» el extraordinario producto, no reproducible, de la redención de los censos, y el de los cuatro millones de la venta del salitre del Perú, como además los cuatro millones de aumento en las rentas aduaneras - que fue debido exclusivamente a las aduanas usurpadas a Bolivia, - dichas rentas ordinarias de Chile se reducen escasamente a 17 millones poco mas o menos de pesos fuertes. Para poder comprender y juzgar justamente la conducta de Chile en los acontecimientos que describimos, será bueno no olvidar estos datos estadísticos.
(1) La acuñación de la moneda de baja ley no solo ha satisfecho plenamente las urgentes exigencias del mercado, resistiendo a las violentas alteraciones que ha sufrido el cambio, sino que ha dado también al tesoro nacional una gruesa suma de dinero para solventar los considerables gastos de la guerra”
MEMORIA presentada por el Ministro de Hacienda al Congreso de Chile, en Junio de 1880.
Superioridad de las fuerzas navales de Chile
De consiguiente Chile, firme siempre en su propósito de aprovecharse de las excepcionales condiciones del Perú, que lo hacían por el fomento inferior a él en una lucha, para asegurarse la conquista del rico desierto de Atacama, que no debía ser sino el primer paso para conquistas mayores, como diremos mas adelante; y deseoso de exponerse a correr los menos riesgos posibles, habría evitado gustoso la guerra con el Perú como aliado de Bolivia: pero a condición de que faltando a su alianza con esta última, le hubiese el Perú dejado completa libertad de acción contra ella, declarándose neutral en el conflicto chileno-boliviano; conducta que hubiera sido la ruina del Perú y que más tarde habría asegurado el triunfo de todos los proyectos chilenos de engrandecimiento, tanto para el presente, como para el porvenir, según veremos en el curso de esta historia.
Urgía sin embargo a Chile, para el buen resultado de sus secretos designios, que la declaración de neutralidad del Perú llegase pronto, solícita e inmediatamente, para no darle tiempo de armarse y de salir de las difíciles circunstancias del momento, que hasta cierto punto lo ponían a su merced; en cuyo caso habría perdido todas sus ventajas.
La principal superioridad de Chile sobre el Perú provenía de la indiscutible superioridad de su flota: y esta superioridad que era de una importancia casi decisiva en una guerra, era necesario no perderla; mas aun, era necesario que diese sus frutos antes que el Perú la hiciese desaparecer con un aumento bastante probable de sus fuerzas navales.
En una guerra entre los dos países, sobre inmensos territorios en su mayor parte deshabitados, y cuya vitalidad reside completamente en sus extensas playas del Océano, en tantos centros separados los unos de los otros por grandes arenales de difícil tránsito, privados de vegetación y de agua - los movimientos de los ejércitos, con todas sus dependencias, son de una dificultad y lentitud sin igual; y las operaciones militares no pueden desarrollarse con ventaja, sino aprovechándose de la vía del Océano que baña dichas playas. Así es que, puede decirse con toda seguridad, que el éxito de una guerra depende en razón de un setenta por ciento al menos, de sus flotas. Además de la certidumbre que se adquiere con el simple conocimiento de estas regiones, nuestra aserción anterior fue plenamente probada en la guerra de la independencia americana contra España; la cual, aun poseyendo un ejército mejor y más numeroso que el de sus Colonias, tanto por instrucción, como por armamento y disciplina, no pudo sostenerse, y caminó de derrota en derrota, desde el momento en que fue inferior a aquellas en fuerzas marítimas. Mientras España se veía obligada a mover difícilmente sus ejércitos, con largas y fatigosas marchas, y a fraccionarlos con frecuencia para poder procurarles vituallas con menos dificultad, el ejército siempre compacto de las Colonias, o de la independencia, se aprovechaba de la comodidad y rapidez de movimientos que le ofrecía la vía marítima para separarlos, cogerlos en fracciones y hacerlos trizas.
La preponderancia militar entre las Repúblicas del Pacífico reside en las fuerzas marítimas, y no en los ejércitos. Esto no fue jamás un secreto para Chile, desde su primera aparición en la vida autónoma; y siendo la posesión de esta preponderancia una de sus principales aspiraciones, no dejó nunca de poner en práctica medio alguno para quitársela al Perú, a quien correspondía de derecho por su mayor importancia territorial y económica, primero, privándolo de flota, y luego creándose él mismo una muy superior. Por primera vez lo dejó sin ella con un acto de prepotencia (1), en la época misma de mayor fraternidad en la cual combatían juntos contra España las guerras de su común independencia. Y posteriormente en 1836, mientras Chile se disponía secretamente a llevar el haz de la guerra al Perú, se prevalió ante todo, como acto preparatorio, de la paz existente entre los dos países, para sorprender la flota del futuro enemigo y apoderarse de ella (2). Mas tarde Chile encontró un camino mejor para establecer su preponderancia marítima sobre el Perú, construyendo a costa de sacrificios muy superiores a sus fuerzas, los dos buques blindados Cochrane y Blanco Encalada que posee actualmente. A pesar de esto, no olvidó completamente sus hazañas de 1822 y 1836 como veremos mas adelante.
(1) “Lord Cochrane (almirante de la escuadra chilena) que había recorrido los puertos de Colombia y México para dar caza a los buques españoles, al regresar de una expedición tan penosa, como estéril supo con gran disgusto que se habían entregado al Perú. Reclamándolos como suyos por solo el hecho de haberlos perseguido sin descanso, se apoderó a viva fuerza de la Venganza (uno de los susodichos buques españoles) que todavía estaba en las aguas de Guayaquil.... y llegando al Callao se apodero de la Montezuma, y cambió la bandera peruana por la de Chile.”
S. LORENTE, Historia del Perú, T. i} pág. 66.
(2) La circular diplomática en que Santa-Cruz (jefe de la confederación Perú-boliviana) protesta de sus sentimientos pacíficos es de 20 de Agosto de 1836. Imagínese ahora cual seria la sorpresa de aquel Mandatario, al saber que en la noche del siguiente día, 21 de Agosto, el bergantín Aquiles (buque de guerra chileno) se había apoderado de todos los buques de guerra del Gobierno peruano surtos en la bahía del Callao, D. V. Garrido había llegado a aquel puerto (con el Aquiles) a las 9 de la mañana del 21 de Agosto. . . . y había pasado a visitar al Comandante de marina para cerciorarse del estado indefenso de los buques peruanos, y dar sobre seguro el asalto nocturno que meditaba.... A las 12 de la noche del 21 de Agosto de 1836. .. 80 marineros mandados por el Comandante Angulo (del Aquiles) se lanzaban sobre las solitarias cubiertas de los buques peruanos, y sin ningún género de resistencia los sacaban fuera del tiro de los cañones de los castillos. A las 2 de la mañana, aquel deshonroso atentado que entonces se celebró como una proeza heroica, estaba cometido; y el emisario de Chile se hallaba en el caso de volver ufano con su presa. . . .”
BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA (historiador chileno), Don Diego Portales Segunda parte, pág. 77 a 79.
“El Aquiles y el Colocolo, únicos buques de guerra que tenia Chile, se presentaron amistosamente en los puertos del Callao y de Arica, puesto que el Perú y Chile estaban en paz; y sus Comandantes y Oficiales fueron bien recibidos y festejados pero en la noche sorprendieron contemporáneamente, en sus embarcaciones, a los pocos hombres que se hallaban a bordo de los buques peruanos desarmados, y se los llevaron. Se apoderaron de este modo de toda la flota del Perú.”
PRUVONENA, Memorias y documentos para la historia del Perú p. 140.
Chile se aprovecha de la debilidad del Perú, dejando toda practica democrática
La flota del Perú en Marzo de 1879, repetirnos, era muy inferior a la de Chile, aún independientemente del mal estado en que accidentalmente se encontraba. Pero el Gobierno de Lima había encargado ya la adquisición en Europa de dos buques blindados, que pudieran hacer frente a los de Chile; encargo que el Plenipotenciario chileno conocía perfectamente - gracias a la poca costumbre que hay en aquel país de guardar los secretos – y que se había apresurado a comunicar a su Gobierno. El Perú, es cierto, no tenía fondos prontos, ni suficiente crédito para hacer dicha adquisición con la misma facilidad con que la había encargado: pero además de que no hubiera sido difícil el obtenerlos de los afortunados poseedores del guano - a los cuales importaba más que a nadie, que el Perú no experimentase desastre alguno, para que pudiese conservarles la posesión de su rico tesoro - es demasiado sabido que en las cajas exhaustas del rico se encuentra a veces mas que en la gaveta del pobre: además, hubiera bastado que el Perú llamase en su ayuda a sus generosas y nobles damas, como hizo en otras ocasiones, pidiendo a cada una la menos rica de sus joyas, en socorro de la patria en peligro, para encontrar con creces los fondos necesarios (1). Finalmente a esto es necesario añadir, saliendo del terreno de las hipótesis, que el Representante de Chile en Lima participaba a su Gobierno en Nota del 15 de Marzo, que tenia muy buenas razones para creer que el señor Canevaro, encargado por el Gobierno del Perú de adquirir los acorazados, había ya encontrado en Paris los fondos necesarios, probablemente por medio de los contratistas del guano.
Urgía de consiguiente a Chile, para no perder la ocasión largamente esperada y preparada, no dejar al Perú el tiempo necesario para aumentar sus fuerzas marítimas; y arrastrarlo con solicitud sobre los campos de batalla, si no se decidía inmediatamente a firmar su propia ruina con la declaración de su neutralidad. Era necesario obrar diligentemente, sobre todo para obtener que los Gobiernos neutrales de Europa, suponiendo que el Perú hubiese comprado ya tos barcos deseados, no los dejasen salir de sus puertos. La hora de la grande empresa había sonado; y el dilema que se había propuesto Chile no admitía términos medios: e debía batir la alianza Perú-boliviana separadamente y mediante la alianza misma, declarándose neutral el Perú, o debía batirla toda junta sin la menor pérdida de tiempo, entonces mismo, en el solo momento propicio en que aquella se encontraba con fuerzas inferiores a las propias.
Contra este secreto designio de Chile, madurado desde largo tiempo, antes que el Perú asumiese el carácter de mediador y aún antes de la invasión del territorio boliviano, lo que fue consecuencia y no causa, no se elevaba mas que un solo obstáculo: la lentitud de los procedimientos diplomáticos. Pero estos, como se ha visto, no podían ser un obstáculo serio para un país que no se hacía escrúpulo alguno de entrar audazmente en una guerra de conquista, bajo el mas fútil de los pretextos, con la invasión del desierto de Atacama; desierto del cual no quiso salir en modo alguno, ni aun siquiera cuando la mediación peruana le ofrecía hacerle dar satisfacción por Bolivia, sobre todos los pretextos que presentó para apoderarse de él. Para quien se contenta con pretextos estos nunca faltan.
El Gobierno de Chile comprendía perfectamente el grande y positivo interés que tenia el Perú en impedir su conquista de
Atacama; y conociendo las verdaderas condiciones del Perú y todo cuanto sucedía en Lima, sabía desde fines de Febrero, por medio de su Representante en aquella Capital, que (como éste le telegrafiaba el mismo 4 de Marzo, en que el Plenipotenciario peruano llegaba a Valparaíso para ofrecer la mediación de su Gobierno) “el Gobierno peruano tenia miedo a la guerra; pero que, excitado por la opinión pública, hacia preparativos sin decidirse.” Y a fin de que este miedo a la guerra, aumentado por la casi certidumbre e inminencia del peligro, se sobrepusiese a toda otra consideración en el ánimo de los gobernantes del Perú, preparó por debajo de cuerda, o dejó preparar, la amenazadora recepción que el Plenipotenciario peruano tuvo a su llegada en Valparaíso, y que fue seguida del grave atentado contra el Consulado del Perú; hechos, que por si solos hubieran bastado en otras circunstancias para que el Perú se lanzase a la guerra. No contento con esto, hemos visto que el mismo Presidente de Chile dijo al mencionado Plenipotenciario en dos ocasiones, y cuando lo solicitaba mas vivamente para que el Perú declarase su neutralidad, que sus hombres de guerra creían el momento propicio para acometer al Perú, por considerarse en aquel momento mas fuerte Chile; y luego: que acababa de tomar algunas medidas relativas a la guerra con el Perú, guerra de la cuál no se había proferido una sola palabra, y sobre la cual, dado el estado de cosas, y el amistoso carácter de mediador que había tomado y ejercía con completa buena fe el Perú, no hubiera debido existir ni la mas ligera sospecha.
(1) Cuando mas tarde, en Octubre de 1879, el Gobierno del Perú y la prensa, se dirigieron a las señoras peruanas para obtener los fondos necesarios para la compra de un barco blindado, que gracias a l a incapacidad de los hombres del Gobierno, no fue comprado jamás, sus donaciones llegaron en menos de 15 días a la suma de seis millones de francos próximamente.
¿Por qué insistía Chile en la neutralidad de Perú?
Como hemos dicho, todo esto no tenía mas que un solo objeto: el de ejercitar una presión, con el miedo de una guerra próxima y cierta en la cual el Perú hubiera sucumbido, en el ánimo del Plenipotenciario peruano, y por medio de este en los Gobernantes del Perú, para decidirlos a hacer diligentemente la declaración de neutralidad que se les había pedido. Y para hacerles todavía mas fácil la marcha sobre la vía de la neutralidad, al temor del peligro añadía todavía el Gobierno chileno, la lisonja de mostrarse animado de las mejores intenciones hacia Bolivia, y principalmente hacia el mismo Perú, una vez que este se hubiese declarado neutral. A tal objeto tendían: primero, los proyectos de amistosa conciliación con Bolivia, valiéndose de la mediación del Perú, presentados por Santa María, por el Presidente y por el Ministro de Relaciones Exteriores; proyectos que luego fueron retirados bruscamente, para en seguida volverse a hablar de ellos nuevamente como cosa, no solamente factible, sino cierta, después que el Perú se hubiese declarado neutral, en la calma y tranquilidad de los ánimos: segundo, las explícitas ofertas que el Presidente de Chile hacía espontáneamente al Plenipotenciario peruano de socorrer al Perú con los ejércitos chilenos en el caso que a consecuencia de su declaración de neutralidad, o por otro motivo cualquiera, debiese un día encontrarse en guerra con Bolivia.
Por último, como complemento de todo lo que dejamos dicho, y de la doble presión del temor y de la lisonja, recordaran también nuestros lectores la perspectiva de una traición por parte de Bolivia, que el Presidente chileno hizo brillar un instante a los ojos del Plenipotenciario peruano; es decir, la posibilidad de que Bolivia se pusiese de acuerdo con Chile para marchar juntos contra el Perú.
Todo esto, repetimos, no tenia mas objeto que el de estrechar al Perú por todas partes, con el fin de arrancarle una declaración de neutralidad en el conflicto chileno-boliviano; declaración que debía necesariamente serle fatal y ruinosa. Para poder comprender toda la gravedad que hubiera tenido para al Perú, la declaración incondicional de neutralidad que solicitaba Chile, es necesario conocer ante todo ciertos precedentes indispensables, que procuraremos exponer con la mayor brevedad posible.
Dificultad de la vida en Chile
Durante el régimen colonial, la Capitanía General de Chile fue la Colonia más pobre que España poseyera en América: la única que, no solamente no le produjera beneficio alguno, sino que, ni aun a si misma bastándose, se hallaba obligada a socorrer; razón por la cual le hacía enviar todos los años por el Virrey del Perú trescientos mil pesos fuertes, que ordinariamente se le trasmitían en tabaco. Así mismo, después de la independencia, la República de Chile fue la mas pobre entre sus hermanas del Pacifico (1); y por cierto, no fue un mal para ella.
En la vida de los pueblos, como en la del hombre, hay épocas en que la pobreza es un bien. Cuando no han llegado aun a un grado de civilización suficiente para que las riquezas los lleven a ennoblecer las facultades del alma, abriendo nuevos y mas vastos horizontes a su actividad, aquellas sirven por el contrario para debilitarlas y envilecerlas siempre mas y mas en el pútrido pantano del ocio, en que solo germinan vicios.
Su pobreza obligó a los chilenos a buscar en un trabajo asiduo y penoso, por la poca fertilidad del suelo, los medios necesarios para su subsistencia cotidiana. Y como a todo aquel que se halla obligado a trabajar sin descanso para poder vivir, faltan tiempo y medios para dedicarse al triste juego de las revoluciones, principalmente si los únicos que pueden ofrecer los elementos de trabajo, y por consiguiente, de vida, son aquellos mismos en cuyas manos se halla concentrado el poder, como sucedió en Chile desde un principio, - los chilenos tuvieron necesariamente que acostumbrarse muy pronto a una vida trabajadora y arreglada.
(1) En los primeros años de la vida política de Chile, el presupuesto del Estado no pasaba de 600,000 pesos o sea tres millones de francos.
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