domingo, 6 de diciembre de 2009
El roto
El roto chileno, sea peón, inquilino o trabajador de minas, es eminentemente trabajador y sobrio, mientras se ve acosado por la necesidad. Trabaja doce horas al día con el mismo afán que en el primer momento, y se contenta como único alimento de un pedazo de pan ázimo y algunos platos de porotos (judías, muy abundantes en Chile); pero a condición de poderse abandonar a la crápula de cuando en cuando, sea en las tabernas, sea en jaranas, o fiestas de familia, entregándose hasta donde lo permiten sus fuerzas físicas, a clamorosas orgías, que a veces se prolongan por muchos días consecutivos, hasta que se gasta el último céntimo de sus economías.
El roto, como regla general, no es nada económico, y no piensa nunca el día de mañana. El dinero no tiene para él mas que un solo valor: el de facilitarle el camino de la taberna o de la jarana, o sea de la orgía; y únicamente por esta razón lo aprecia y lo busca: excluyendo este empleo, no sabría que hacerse de él; y de aquí proviene su constante pobreza, pues la orgía absorbe continuamente cuanto gana, o de cualquier manera le cae entre las manos. Mientras que le queda un solo maravedí en el bolsillo, no trabaja; y aun teniendo otras necesidades urgentes que satisfacer, aquella moneda la dedica con preferencia a la orgía, en la cual consuma algunas veces sumas relativamente considerares, mientras su familia va cubierta de trapos y el mismo se encuentra andrajoso. Su economía no tiene más punto de mira, que el cuidado de dejar a la orgía la mayor parte posible.
Cuando dos rotos se pelean, comienzan, antes de venir a las manos, aun borrachos, por quitarse el poncho y la camisa, para que no se rompan o ensucien de sangre; y esta economía, a costa de su propia carne, no la hacen, repetimos, que a beneficio exclusivo de la orgía.
Esta tenaz propensión a la orgia, unida a su escasa o nula educación moral, da como resultado que el roto prefiera dedicarse siempre que puede, al robo mas bien que al trabajo, para •procurarse los medios de satisfacer su pasión. Sin embargo, la policía chilena ha pensado y piensa siempre asiduamente a esto; uniendo a su fuerte organización, un rigor que quizás no hubiese sido tolerado en Europa, ni aun en los Estados mas despóticos de la Edad Media. El hurto, lo mismo que toda infracción a las leyes nacionales, es perseguido en la persona del roto con una justicia mas o menos sumaria, que comienza siempre en los cuarteles de la policía con una fuerte dosis de latigazos.
El látigo es la primera ley del roto; es quizás la única que teme. Esta aserción se halla corroborada por la observación constante, de que el roto, tan dócil y obediente en Chile (hecho que ninguno podría negar) no posee ninguna de estas dos cualidades, cuando se encuentra fuera de su patria, donde no existe la dolorosa pena del látigo.
El roto no es nada valiente, pero sí, de índole feroz: brutal y descarado. Turbulento y fácil a buscar querella, si encuentra un enemigo que no le teme se hace humilde y rastrero inmediatamente; si por el contrario se apercibe que se le tiene miedo, se hace insultante y provocador, dejándose trasportar aun sin motivo, hasta los últimos excesos, por simple fanfarronada y brutalidad. En una palabra, el roto es culebra o tigre según el enemigo que tiene delante.
Dos clases, de que Chile tendría urgente necesidad, faltan casi absolutamente en este país; a saber: la de pequeños propietarios rurales que hagan valer por sí mismos sus tierras, y la de arrendatarios acomodados que unan a su propio trabajo capitales suficientes para cultivar bien y con provecho las inmensas haciendas de los propietarios que viven en la Capital A las indiscutibles ventajas que producirían a la agricultura, es necesario añadir la todavía aun mas importante de orden social, de que dichas clases servirían corno elemento moralizador de la enorme población rural, sacándola poco a poco con el ejemplo y con la influencia que ejercerían directamente sobre ella, de la abyección en que se encuentra actualmente.
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