domingo, 6 de diciembre de 2009
Chile acoge a los emigrados y alimenta rivalidades entre naciones
Su primera aspiración fue la preponderancia en el Pacífico, para asegurar al comercio nacional, con más o menos daño de sus vecinos, las mayores ventajas posibles; y la primera manifestación positiva de esta aspiración tuvo lugar en el año 1837, con motivo de la Confederación Perú-boliviana, formada por el general Santa Cruz. Tomando como pretexto el que algunos prófugos peruanos invocaban en Santiago la ayuda de Chile, para restablecer la forma de Gobierno nacional que creían comprometida por él despotismo de Santa Cruz, el Gobierno chileno invadió dos veces el territorio del Perú: primero con un pequeño ejército que volvió atrás inmediatamente, después de haber estipulado con el Gobierno federal un tratado de paz que él desaprobó; y luego con un ejército mas numeroso, compuesto en parte de prófugos y malcontentos peruanos. Cuando este ejército desembarcaba en las inmediaciones de Lima, se encontró con que la Confederación había sido disuelta por el Presidente del Perú, el cual en su consecuencia lo invitaba a retirarse, por haber cesado el objeto de su expedición, por lo menos aquel bajo cuyo pretexto había salido de Chile. Sin embargo, en vez de retirarse, comenzó por derrotar al pequeño ejército de este último, que habiendo incorporado luego en sus filas le ayudó a derrotar igualmente al antiguo ejército de la Confederación, todavía en pie, o sea el de Santa Cruz, y colocar en la presidencia del Perú al General Gamarra, jefe de los prófugos y malcontentos peruanos que habían invocado la ayuda de Chile.
Los verdaderos móviles de Chile en esta guerra eran dos: destruir en sus gérmenes la Confederación Perú-boliviana, contra la cual no hubiera podido luchar una vez que se hubiese consolidado, y exigir al Perú la abolición de dos leyes que perjudicaban enormemente al comercio chileno; una, que declaraba Arica puerto franco, y la otra que imponía a los barcos mercantes de procedencia europea una doble tarifa, que, muy módica para los barcos que llegasen a los puertos peruanos sin hacer escala en los chilenos, era por el contrario gravosa en el caso adverso: y solamente después de haber conseguido ambas cosas, el ejército chileno volvió a los patrios lares.
Desde entonces Chile no dejó un solo momento de tomar una parte activa, aunque indirecta, en los asuntos interiores del Perú y Bolivia, fomentando con todas sus fuerzas la rivalidad que existía entre los dos países, como única consecuencia de la extinguida Confederación, y las interiores discordias de los partidos, con las consiguientes guerras intestinas de entre ambos. Después de Gamarra, fue siempre en Chile, donde eran amistosamente acogidos y secundados en sus miras, que se refugiaron constantemente todos los malcontentos y revoltosos, tanto del Perú como de Bolivia. Para no hablar sino de los casos más notables, fue precisamente en Chile, donde luego recibió el grado de general chileno, que se refugió el año 1868 el entonces coronel peruano M. Y. Prado, que una revolución echaba de la Presidencia del Perú, a la cual había llegado él mismo por medio de una dictadura ganada, dos años atrás, en los campos revolucionarios. Fue en Chile donde se organizó, con la connivencia y protección del Gobierno chileno, y de donde salió el año 1872 la expedición del General Quevedo, que debía llevar y llevó por la centésima vez la triste antorcha de la revolución a la República de Bolivia. Fue en Chile donde se refugió desde el 1872 al 1879 el incansable revolucionario peruano D. Nicolás de Piérola; en Chile, repetimos, donde con el beneplácito de las autoridades locales y a su vista, organizó las innumerables revoluciones con los cuales afligió y destrozó el Perú durante aquellos siete años, y que fueron una de las causas principales del estado de desorganización e impotencia en que se encontrara el Perú al aparecer el conflicto chileno-boliviano; estado del cual se aprovecho Chile, para envolverlo solícitamente en la guerra.
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