domingo, 6 de diciembre de 2009

Chile sabia que el Perú no se hallaba dispuesto para la guerra


A la guerra contra el Perú, Chile se encontraba de antemano preparado y decidido: en su consecuencia no la temía. Sin embargo, si hubiera podido evitarla, sin retirarse de Atacama, lo hubiera hecho con gran placer; y no ya porque le doliese tenerlo como enemigo, y medirse con él. Muy por el contrario: una guerra con el Perú que acabase con la derrota de éste, fue siempre el sueño dorado de Chile, desde la independencia; sueño que ha ido renaciendo y revistiendo siempre con colores y ropajes más brillantes en diversas épocas y ocasiones, desde el 1825 al 1879.

Perfectamente informado de la alianza Perú-boliviana y del natural y justificado interés que tenia el Perú en mantenerlo lejos de sus fronteras, Chile sabia sin embargo que el Gobierno del Perú no quería la guerra, para la cual no se hallaba en modo alguno preparado; y que solamente la habría aceptado como una dura necesidad, después de haber agotado todos los medios posibles para evitarla. Sabía también, como le fue dicho sin disfraz alguno al Plenipotenciario peruano por el mismo Presidente de Chile, que aquel era el momento más propicio para medirse con el Perú; el cual se encontraba excepcionalmente en las peores condiciones posibles, y en su consecuencia infinitamente débil, como jamás se había encontrado anteriormente, y como quizás no hubiera vuelto a encontrarse en el porvenir: es decir, con una mezquina flota, insuficiente para resistir a la suya, que jamás había sido tan floreciente; sin ejército, sin armamento, sin medios y sin crédito en Europa para procurárselos; y por último destrozado por las rivalidades de los partidos, por la guerra civil latente, pronta a estallar de un momento a otro; de modo que no le hubiera sido posible concentrar en una guerra todas las fuerzas vivas del país, ordinariamente tan superiores a las de Chile, moral y materialmente (1).
A pesar de esto, y por mas que se creyese preparado y seguro del éxito, una guerra con el Perú no dejaba de preocupar bastante a Chile. Preveía fácilmente que aun caminando las cosas a medida de su deseo, la guerra habría sido larga, difícil y costosa; y el estado de su hacienda no era suficientemente próspero para prometerle los fondos que hubiera necesitado. Muy por el contrario, el país arrastraba difícilmente una crisis económica, que comenzada años atrás había ido siempre en incremento; y las arcas del Tesoro se hallaban en verdadera penuria. Gozaba, es verdad, de algún crédito en el extranjero, por la puntualidad con que, en vista de sus proyectos de conquista, y a costa de inmensos sacrificios, pagara siempre los intereses de su deuda exterior; y quizás no le habría sido difícil, a costa de nuevos y mayores sacrificios, procurarse las sumas necesarias hasta un cierto punto. Sin embargo, era siempre una fuerte partida la que habría tenido que jugar (2).

(1) Escuchemos sobre el particular la voz del historiador chileno, y casi diríamos, del Gobierno chileno: “E1 Perú atravesaba en esos momentos por una situación poco favorable para embarcarse en aventuras de esa clase. Aparte de las dificultades financieras cada día más apremiantes, la paz interior, amenazada poco antes por el asesinato del ex-Presidente Pardo en las puertas del Senado, era tan poco sólida que el Gobierno creía no poder vivir sino bajo el régimen de las facultades extraordinarias y de la suspensión de la Constitución.”
BARROS-ARANA, Historia de la Guerra del Pacífico, pág. 71.

(2) Aunque el Perú no haya presentado mas que una débil resistencia, y que Chile se haya visto acompañado siempre por una suerte tal que a él mismo le ha sorprendido, han trascurrido ya dos años y la guerra dura todavía. A propósito de la larga duración de la guerra, que a pesar de tantas. victorias, se está convirtiendo en una verdadera gangrena para Chile, el periódico LA NACIÓN de Valparaíso, en un notable artículo del 7 de Marzo de 1881, encaminado a censurar el Gobierno chileno por no haber sabido llegar a un tratado de paz después de la rendición de Lima, dice: “ Nuestros caudillos se habían encontrado con la victoria sin saber como, y con la facilidad que la fortuna comunica a sus favorecidos, creyeron que después de la victoria Con la cual se habían encontrado por casualidad, debía presentarse también la paz a recibirlos con los brazos abiertos.”

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