domingo, 6 de diciembre de 2009

Los chilenos acorren a Tarapacá y Atacama


Era precisamente la época en que los trabajos del salitre en la provincia y desierto peruano de Tarapacá, comenzaban a asumir la grande importancia que revistieron mas adelante. Allí había trabajo largamente retribuido para todos los brazos, y colocación ventajosa para todos los capitales. La ocasión no podía presentarse mas propicia; y tanto el roto como el pequeño capitalista, se arrojaron poco a poco sobre la vecina costa de Tarapacá. El gran éxito obtenido en corto tiempo por los pequeños capitales, encontró inmediatamente un gran eco en Chile; y llamó con el ejemplo los gruesos capitales extranjeros de las casas de comercio de Valparaíso, en su mayor parte ingleses, y que se habían quedado más o menos ociosos por la anemia siempre creciente del comercio y de las industrias locales.

Como en 1842 para el guano, se hicieron también en esta ocasión solícitas pesquisas en el próximo desierto boliviano de Atacama; y se encontró que allí también había salitre, si bien en menor proporción y riqueza. Una nueva corriente se dirigió entonces hacia el Atacama: y existiendo en todo chileno siempre algo de minero, no tardaron mucho en descubrirse las considerables riquezas minerales del Atacama, que se manifestaron de improviso con aquella producción verdaderamente sorprendente por espacio de dos o tres años, de las abundantes minas argentíferas de Caracoles.

Sin embargo las minas, negocio siempre arriesgado y mas que todo de suerte, de paciencia y de sacrificios personales, se adaptan mejor a los pequeños que a los grandes capitales; los cuales, deseosos siempre de operaciones sólidas y seguras, se dejan mas fácilmente intimidar por la probabilidad de un mal resultado, que lisonjear por la frecuentemente ruinosa esperanza de grandes y fáciles ganancias. De consiguiente, mientras los pequeños capitales chilenos corrían a toda prisa hacia Caracoles, que después de los primeros resultados causó más lágrimas que sonrisas, el desierto peruano de Tarapacá fue siempre el centro principal de operaciones de los grandes capitales europeos establecidos en Valparaíso. No tomando mas que una parte meramente indirecta en los trabajos de producción del salitre, las grandes casas extranjeras de Valparaíso fijaron preferentemente su atención en las importantes negociaciones comerciales a que daba lugar. Con las habilitaciones, o anticipos de fondos que hacían a los productores (lo que les daba, además de alzados intereses, el derecho de preferencia para la compra a precios reducidos, o por lo menos el de ser los agentes exclusivos para su venta) monopolizaron en breve tiempo entre sus manos todo el salitre de Tarapacá, cuya plaza comercial, para el tráfico con los puertos europeos, no era ya Iquique u otra ciudad peruana, sino Valparaíso.

Todo se hacía en Valparaíso: allí se negociaban las ventas y todas las múltiples operaciones que daba lugar el gran comercio de salitre de Tarapacá; allí se fletaban y hacían sus provisiones los barcos que lo debían trasportar en Europa; allí se movían y removían las considerables sumas puestas en movimiento por una industria tan grande y productiva. El comercio de Valparaíso, que se arrastraba en una languidez siempre creciente, se sintió pronto reanimar con tan inesperado auxilio. Renació por decir así la nueva y mejor vida, al calor de las innumerables negociaciones diarias a que daba lugar el salitre; y cuando, después de 1870 esta industria alcanzó el gran desarrollo que todavía conserva, su movimiento tomó tales proporciones que hizo de aquel puerto el segundo del Pacifico y uno de los mas importantes de la América meridional. Y aumentando el comercio de Valparaíso la vitalidad de toda aquella populosa ciudad de cien mil almas, cuya influencia se hace sentir en todo el movimiento comercial de la República, no hay que decir la gran influencia que esto ejerciera en toda la economía, tanto pública como privada de la pequeña República de Chile.

Muchas fortunas comprometidas volvieron a levantarse; muchos brazos en otro tiempo ociosos o mal retribuidos, encontraron un trabajo bien y aun largamente pagado; y las mismas arcas del Tesoro experimentaron notable alivio. El desierto peruano de Tarapacá, en una palabra, se había convertido en una verdadera fuente de recursos para Chile.

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