domingo, 6 de diciembre de 2009
Los peones, inquilinos y trabajadores de minas
Hemos hablado ya de la fracción aristocrática (aristocracia de capitales y tierras) que gobierna el Estado. Ocupémonos ahora del pueblo.
Dejando a un lado el pueblo de las ciudades y de los puertos comerciales, que con poca diferencia es casi siempre el mismo en todas partes, el pueblo del campo que constituye exclusivamente la gran población rural de Chile, se divide en tres categorías: peones, inquilinos y trabajadores de minas que todas juntas, en unión también al pueblo de las ciudades y puertos, van comprendidas en la denominación general de rotos.
Los peones son la verdadera personificación del proletarismo según la moderna acepción de esta palabra: más o menos libres de todo vínculo de familia, sin domicilio fijo ni ocupación determinada, viven al día, donde pueden y como pueden, abrazando precariamente toda clase de oficios, y deseosos de correr continuamente en busca de uno mejor, que por regla general no encuentran nunca, o casi nunca, de su agrado. Un par de zapatos a suela gruesa, un par de calzones, y una camisa en un estado no siempre meritorio, con encima de todo esto un poncho (1) ordinario, que con la sola diferencia de la calidad de la tela es la prenda nacional por excelencia, tanto del rico como del pobre, los peones se encuentran por todas partes sobre la superficie de Chile. De su educación moral poco hay que decir; porque no pasa más allá de alguna superstición católica (2), que con la promesa de un perdón muy fácil de conseguir, mediante algunas horas pasadas en el templo de cuando en cuando, les deja la mas completa libertad de acción. La educación intelectual, que es nula en la mayor parte, se reduce en los demás a la simple lectura de alguna página de impreso, que no siempre entienden; y esto gracias a las escuelas elementales diseminadas por el Gobierno en toda la República, sobre todo en los últimos diez años.
Inquilinos, son los labriegos encargados de los trabajos del campo; y toman su nombre de inquilinos del domicilio estable que gozan en las grandes posesiones a las cuales prestan sus servicios. Cada inquilino recibe del propietario un pequeño terreno que puede trabajar por su cuenta, y en medio del cual debe construir la modesta vivienda que lo cobija, a él y a su familia: frecuentemente, no siempre, pues esto depende de los usos de la localidad y de la cualidad y cantidad del terreno (que nunca excede del necesario para proveer una pequeña familia de un poco de legumbres y hortaliza), tiene cambien derecho a que se le suministren los bueyes necesarios para arar su tierra. En cambio de esto, el inquilino se halla obligado a prestar al propietario una cantidad determinada de trabajo no remunerado, o remunerado únicamente con la comida (que consiste ordinariamente en dos platos de judías y un pedazo de pan ázimo, según las costumbres locales) y además a presentarse a trabajar siempre que se le llame: en este caso recibe un jornal; pero sumamente módico, o por mejor decir, a precio rebajado. Esta servidumbre de trabajo, llamada inquilinaje, es extensiva a todos los individuos varones que componen la familia, pequeños y grandes.
Simple reproducción, se puede decir, de los antiguos pecheros, los inquilinos vegetan y mueren ordinariamente sobre la propiedad en que vieron la luz. Confinado bajo el humilde techo toscamente construido, de paja o de madera, de la miserable casucha que lo vio nacer, o de otra parecida levantada al lado de ésta; sin mas sociedad que la de su familia y de sus semejantes (exceptuando el domingo que, si tiene dinero, lo celebra alegremente en la cantina más cercana) el inquilino tiene escasas probabilidades de progresar, y trasmite en consecuencia a su hijo, con poca o ninguna diferencia, la misma semi-barbarie que heredara de su padre; siendo quizás inferior al mismo peón que al menos viaja y ve tierras, como suele decirse.
Finalmente los trabajadores de minas, como el mismo nombre lo dice, son los dedicados especialmente a los trabajos sumamente difíciles y fatigosos de la explotación de éstas, que frecuentemente penetran varios centenares de metros en las entrañas de la tierra, siguiendo en todos sus sentidos las caprichosas vueltas y revueltas de la vena metálica. Trabajador infatigable mientras se encuentra con la enorme piqueta de diez a quince libras en las manos, o con la pesada espuerta de mineral en los hombros, - no sale de allí sino para gastar en pocas horas de infernal orgía, todas sus pequeñas economías de quince días de todo un mes (según el periodo establecido en cada localidad para el arreglo de cuentas); y es el verdadero representante del hombre-bestia.
(1) El poncho es una especie de manta, con un corte longitudinal en el centro, por el cual se pasa el cuello
(2) Es necesario advertir que el clericalismo, con sus inseparables efectos de ignorancia, superstición y falsa devoción es una de las plagas sociales que más
pronunciadamente inundan a Chile.
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esto es caca gracias dnjdfkjdfn
ResponderEliminary vo bastarda conchetumare
ResponderEliminarquedate calla lacra qla
EliminarCállate sapo ctm
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