domingo, 29 de noviembre de 2009
Examen de los pretextos chilenos para la guerra I
Como la simple lectura lo prueba, las dos declaraciones de guerra, provenientes, la una directamente de la Cancillería chilena y la otra de su Legación en Lima, no son en modo alguno uniformes entre sí.
La primera que, por su procedencia, tiene derecho a ser considerada como la mas seria, funda la declaración de guerra en dos motivos: 1°, en el haber tenido oculto el Gobierno peruano su Tratado de alianza con Bolivia; 2º, en el haber firmado dicho Tratado en momentos en los cuales manifestaba sentimientos de cordial amistad a Chile; dando a entender con esto la
Cancillería chilena, que consideraba dicho Tratado como un acto de hostilidad hacia Chile; y que le había sido suficiente saber que dicho Tratado existía, para andar lanza en ristre contra el Perú, declarándole francamente una guerra que este preparaba y meditaba desde mucho antes.
Estos, sin embargo, podemos decirlo sin temor de equivocarnos, no fueron los verdaderos motivos que impulsaron Chile a declarar la guerra al Perú.
En cuanto a la pretendida ocultación del Tratado de alianza, fundada en la respuesta negativa dada por el Plenipotenciario
Lavalle, no se puede razonablemente llamar tal; porque la Cancillería de Lima, al mandar un Plenipotenciario con la misión especial de ofrecer la mediación del Perú en el conflicto chileno boliviano - conflicto nacido, como creía el Perú, a consecuencia de la diversa interpretación que Chile y Bolivia daban a los actos de esta última, relativamente a un Tratado existente entre ellos, y que en nada comprometía la alianza Perú-boliviana, que tenia un objetivo completamente diverso, - no tenia obligación alguna de poner en conocimiento de su Plenipotenciario un hecho completamente extraño a su misión; y mucho menos de prever que se le hubiera hecho tal pregunta, y de consiguiente darle instrucciones en propósito. SÍ al acreditar un Plenipotenciario cerca de una Nación, debieran prever las Cancillerías todas las preguntas que se le pudieran hacer, aun no pertinentes a su misión, las facultades humanas no serian suficientes para superar tamaña dificultad. Encontrándose los Plenipotenciarios en continua correspondencia con sus Gobiernos, se hallan siempre en el caso de pedir y recibir nuevas instrucciones a medida que se presenta la necesidad; y ningún Gobierno se da por ofendido cuando el Representante de una Nación amiga no puede responder, por falta de instrucciones, a sus preguntas. Entonces únicamente comienza la falta, cuando, transcurrido el tiempo necesario para pedir y recibir las correspondientes instrucciones, la respuesta se hace todavía esperar; porque entonces solamente se principia a manifestar la intención de no dar las declaraciones pedidas, o, como diría la Cancillería de Santiago, de ocultar los hechos y. circunstancias objeto de la interpelación.
De consiguiente, era suficiente que el Plenipotenciario peruano dijera, como dijo, que no tenia instrucciones de su Gobierno sobre el particular y que las había pedido, tanto mas cuanto que él mismo había oído hablar de dicho Tratado en Chile, para que el Gabinete de Santiago no se diese por ofendido, como hizo entonces, y esperara con tranquilidad la respuesta de la Cancillería de Lima. Si el Gobierno chileno deseaba esta respuesta con mas urgencia, no tenia mas que rogar al Plenipotenciario peruano, como hizo en otras ocasiones, que pidiese dichas instrucciones por telégrafo: no habiéndolo hecho así, debía necesariamente resignarse a esperar los veinte y tantos días necesarios para obtener una respuesta de Lima por el conducto ordinario del correo. Ciertamente, el Plenipotenciario del Perú después de haber declarado que carecía de instrucciones, y que las había pedido previendo una interrogación, no debió despojarse de su carácter oficial y diplomático, para emitir las razones exclusivamente personales que, por ignorar él la existencia del Tratado, le hacían creer que dicho Tratado realmente no existiese. Pero estas explicaciones puramente personales, lo repetimos, debidas solamente a la poca pericia en el manejo de los asuntos diplomáticos, y al excesivo deseo de hacerse agradable, exponiendo francamente sus propias ideas, no cambian de ninguna manera el fondo de la cuestión; ni pueden ser motivo suficiente para acusar de doblez al Gabinete de Lima, completamente extraño a estos hechos.
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