domingo, 29 de noviembre de 2009
El Perú no se hallaba en condiciones de desear la guerra
Que el Perú no quería la guerra, lo dicen abundantemente, además de los grandes y repetidos esfuerzos que hizo para restablecer las buenas relaciones entre Chile y Bolivia, su propio malestar y la semi-imposibilidad moral y material en que se encontraba de lanzarse a empresas de tal género. A esto se debe añadir también, que la guerra contra Chile, aja cual se hallaba por todas partes provocado, únicamente le podía ofrecer una perspectiva de las mas desgraciadas y desalentadoras: la de tener mucho que perder en una derrota, mientras la victoria aun la mas completa no podía brindarle nada de positivo, si se exceptúa la estéril satisfacción de la victoria misma.
¿Que hubiera podido pedir el Perú a Chile, después de la victoria? Nada: tierras no, porque aun las mejores de Chile le hubieran sido de un peso inútil, además de que no las tiene por ningún lado en sus confines; y dinero tampoco, pues hubiera sido aun mucho para Chile si hubiese podido escasamente pagar, después de años y años, los gastos de guerra: de manera que esta, aún con el éxito mas favorable, no podía dar otro resultado que el de empeorar su desastrosa posición económica, sin producirle ventaja alguna. La guerra, para el Perú, no podía tener mas objeto, que el de comprar a subido precio un poco de paz; y ciertamente no se hallaba en sus intereses romper la paz que buscaba y que le era tan necesaria, únicamente para tener que comprarla después a costa de tantos y tantos sacrificios.
Como Chile conocía perfectamente, el Perú atravesaba en aquellos momentos uno de los períodos mas difíciles de su vida política y económica. Sus ricos depósitos de guano se habían convertido, como expondremos a su debido tiempo, de fuentes de recursos que eran, en un peso y en un sarcasmo; y sus no menos ricos depósitos de salitre de Tarapacá (empeñados en planes económicos, que la mala fe de algunos intrigantes políticos y comerciales hizo ruinosos) corrían la misma suerte que los primeros. Lleno de deudas (único resultado de sus tesoros de salitre y guano), sin crédito en el extranjero, y sin más recursos en el interior que las insuficientes rentas aduaneras; reducido desde muchos años atrás, para suplir a las más urgentes necesidades de la administración del Estado, a recurrir a la circulación forzosa del papel-moneda, que corría cada día mas a marchas forzadas sobre el camino del descrédito (1); envuelto desde mucho tiempo en una desastrosa crisis comercial, que se manifestaba a grandes rasgos con la quiebra de muchas de las mas fuertes casas comerciales, reducidas a este extremo por la inesperada no solvabilidad de sus numerosos deudores,- el Perú, económicamente hablando, yacía sobre un verdadero lecho de espinas.
No era ciertamente mejor su situación política. Dividido por las discordias intestinas; punto de mira las riendas del Gobierno, de la ambición mas o menos desenfrenada de inquietos partidos que, ora vencedores, ora vencidos, no dejaban nunca desde largos años de hacerse la guerra, unas veces sorda y latente, otras amenazadora y violenta - el Perú había llegado a un estado en el cual, puede decirse sin exageración alguna, que faltaba moralmente de unidad política. Y bien que bajo la amenaza de una revolución, el Gobierno se había visto obligado a desarmar su escuadra y a reducir casi completamente su ejército, por dos razones; en primer lugar por falta de medios, y luego para impedir que la revuelta se llevase a efecto con sublevaciones de cuartel y de las tripulaciones navales, con pronunciamientos, como casi siempre comenzaron todas las revoluciones peruanas.
Sabemos, por noticias recogidas sobre el terreno y de las cuales garantizamos la autenticidad, que cuando fue conocida en Lima, en el mes de Febrero, la invasión chilena del desierto boliviano de Atacama, las principales fuerzas bélicas del Perú se encontraban en la situación siguiente: El ejército peruano, concentrado en Lima y en el Callao, superaba escasamente de algunos centenares los dos mil soldados que mas tarde fueron enviados a Iquique. Los fuertes del Callao, los únicos que poseyera el Perú, y que defendían el camino de la capital por la parte del mar, se encontraban completamente abandonados, desmontados sus cañones mas importantes, y con una guarnición tan poco numerosa que hubiera sido apenas suficiente para el simple servicio de montar la guardia. Los dos únicos barcos blindados peruanos, el Huáscar y la Independencia, no se hallaban en situación de abandonar el puerto. El Huáscar se encontraba completamente desarmado, hasta el punto que los marineros de custodia habían convertido su torre en palomar; y la Independencia estaba casi reducida a pontón inamovible, habiéndose desmontado y escondido algunas piezas importantes de su máquina, y tan bien escondidas que fue tamaña dificultad el encontrarlas mas tarde (2). Todo esto, para impedir la repetición de audaces tentativas consumadas en otras ocasiones por los revoltosos, que se habían apoderado por sorpresa de tales instrumentos de guerra para combatir al Gobierno.
Júzguese por cuanto dejamos dicho, si el Perú podía desear y querer una guerra con Chile, o con Nación alguna. Fue, pues, en medio de tan deplorables condiciones que el Perú se vio sorprendido, primero por la noticia de la agresión chilena contra Bolivia, y luego por la declaración de guerra contra él mismo.
(1) En Marzo de 1879, el agio sobre la plata era de 90 por ciento; y para las letras en oro sobre el extranjero, el sol en papel, del valor nominal de 48 peniques, no se calculaba mas que 20 peniques escasamente
(2) En la Sesión secreta celebrada por el Senado chileno el 24 de Marzo de 1879, el Ministro de Relaciones Exteriores declaraba: « que el Ministro chileno en Lima había informado, que la fragata Independencia se encontraba en mal estado, y que su reparación demandaría algún tiempo. »
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